Recently in NUTRICIÓN Category

 
Jueves 7 de Abril 2011
 
Consumir mandarinas previene la obesidad

Investigadores de la Universidad de Ontario Occidental en Canadá han descubierto una sustancia en las mandarinas que no sólo previene la obesidad sino que también protege frente a la diabetes tipo 2 e incluso la aterosclerosis, la enfermedad subyacente responsable de la mayoría de ataques cardiacos e ictus...

Los autores, que publican su hallazgo en la revista "Diabetes", estudiaron los efectos de un flavonoide que se encuentra en las mandarinas denominado nobiletina.

Los autores alimentaron a ratones de un modelo de síndrome metabólico con una dieta alta en grasas y azúcares simples. Un grupo se volvió obeso y mostró todos los síntomas asociados al síndrome metabólico: colesterol y triglicéridos elevados, niveles elevados de insulina y glucosa en sangre e hígado graso. Estas anomalías metabólicas aumentan en gran medida el riesgo de enfermedad cardiaca y diabetes tipo 2.

El segundo grupo de ratones, alimentado con la misma dieta pero a la que se añadió nobiletina, no experimentaron aumento en los niveles de colesterol, triglicéridos, insulina o glucosa y ganaron peso de forma normal. Los ratones se volvieron mucho más sensibles a los efectos de la insulina. La nobiletina previno la acumulación de grasa en el hígado al estimular la expresión de genes que participan en el gasto del exceso de grasa y en la inhibición de los genes responsables de la producción de grasa.

Según explica Murray Huff, responsable del estudio, "los ratones tratados con nobiletina estaban protegidos frente a la obesidad y en los estudios a largo plazo, la nobiletina también protegió a estos animales de la aterosclerosis, la acumulación de placa en las arterias, que puede conducir a un ataque cardiaco o ictus. Este estudio allana el camino a futuros estudios para examinar si este es un tratamiento viable para el síndrome metabólico y las condiciones asociadas en la población".

 

Miércoles 6 de Abril 2011

Las fresas liofilizadas podrían ser una alternativa a los fármacos para la prevención del cáncer de esófago, según un estudio de la Universidad del Estado de Ohio que se ha hecho público durante la reunión anual de la Asociación Americana de Investigación del Cáncer que se celebra en Orlando (Estados Unidos)...

Según explica Tong Chen, director del estudio, "concluimos a partir del estudio que seis meses de consumo de fresas es seguro y fácil de seguir. Además, nuestros datos preliminares sugieren que las fresas pueden disminuir el grado histológico de las lesiones precancerosas y reducir los episodios moleculares asociados al cáncer".

El cáncer de esófago es el tercer cáncer gastrointestinal más común y el sexto entre los que causan una mayor mortalidad por cáncer en el mundo. Los investigadores estudiaban el carcinoma de células escamosas (CCE) de esófago que constituye un 95 por ciento de los casos de cáncer de esófago en todo el mundo.

Los participantes consumieron 60 gramos de fresas liofilizadas al día durante seis meses y completaron un diario dietética sobre su consumo de fresas. El uso de fresas liofilizadas fue importante porque al eliminar el agua de las frutas se multiplicaba por diez la concentración de las sustancias preventivas.

Los investigadores obtuvieron especímenes de biopsia antes y después del consumo de las fresas. Los resultados mostraron que 29 de los 36 participantes experimentaron una disminución en el grado histológico de las lesiones precancerosas durante el estudio.

"Nuestro estudio es importante porque muestra que las fresas podrían ralentizar la progresión de las lesiones precancerosas en el esófago. Las fresas podrían ser una alternativa o funcionar en conjunto con otros fármacos quemopreventivos para la prevención del cáncer de esófago. Pero necesitaremos probarlo en ensayos futuros", concluye Chen.

Dra. Aliza A. Lipshitz

08 de Noviembre 2010 

© iStockphoto.com / Bernd Jürgens

Los productos derivados de animales, como la carne, los huevos y los lácteos, son algunas de las principales fuentes de proteínas en nuestra dieta. Sin embargo, en algunos casos es conveniente limitar el consumo de estos alimentos o elegir versiones bajas en grasa. Esto es especialmente importante si tienes elevado el colesterol "malo" en la sangre, ya que entre otros problemas, las grasas animales aumentan el riesgo de sufrir de un ataque cardíaco. Sigue leyendo para ver qué es lo que debes comer para reducir el colesterol "malo" en tu cuerpo.

El colesterol es una sustancia que el cuerpo necesita para funcionar adecuadamente, pero debe mantenerse dentro de ciertos rangos considerados normales para mantenernos sanos. Existen dos tipos principales de colesterol: uno es denominado "malo" o LDL (del inglés low-density lipoprotein) y el otro "bueno" o HDL (del inglés high-density lipoprotein). Este último protege a las arterias de que se desarrolle la aterosclerosis (endurecimiento de las arterias), por eso es bueno tener niveles altos del HDL. Por el contrario, el tener niveles elevados de LDL está asociado a un riesgo mayor de sufrir enfermedades cardíacas e infartos.

Si bien es cierto que la elevación del colesterol "malo" puede deberse a causas genéticas y en ocasiones es necesario tomar medicinas para disminuirlo, es igualmente cierto que nuestros hábitos, me refiero a la dieta y a nuestro nivel de actividad física, pueden afectar el nivel de colesterol que tenemos. Por eso, muchas veces es posible disminuir el nivel del LDL simplemente mejorando ciertos hábitos.

Entonces, si tienes problemas con niveles elevados del colesterol en tu sangre y tu médico te ha recomendado que lo bajes ¿Qué alimentos deberías evitar? Empieza por reducir los de origen animal. En este grupo se encuentran las carnes (especialmente las rojas), los huevos (aunque puedes comer las claras) y los derivados de la leche (aunque puedes comer los productos lácteos bajos en grasa o descremados). Los alimentos que contienen grasas trans, como las botanas, los pasteles y los dulces, también elevan el LDL. Por otro lado, los vegetales aportan bajos niveles en colesterol así como los cereales integrales, ricos en fibra. Desde luego, también es importante cómo los cocinas. Por ejemplo:

  • Usa productos lácteos bajos en grasa o desgrasados. Y sustituye la crema agria por yogurt o la mayonesa entera por mayonesa baja en grasa.
  • Usa aceite de oliva o aceite cannola en vez de manteca. Y disminuye la cantidad de aceite que usas para freír. No es necesario ahogar lo que cocinas. Limita las frituras en general.
  • Si la receta sugiere freír el platillo, se creativo. Considera asarlo, hornearlo, escalparlo, cocinarlo a la parrilla o al vapor.

A continuación te doy algunos ejemplos de alimentos que te ayudan a bajar el colesterol malo (desde luego que es importante vigilar el tamaño de las porciones porque quieres mantener un peso sano):

  1. Avena, salvado y cereales ricos en fibra
  2. Pescados con Omega 3 y ácidos grasos (como salmón, sardinas y atún)
  3. Nueces, almendras, avellanas y otro tipo de frutas secas
  4. Aceite de oliva
  5. Alimentos que contienen esteroles y estanoles agregado (como las margarinas, los jugos y los yogures)

¡Anímate! Comer sano es más fácil de lo que parece. Si comes carne, elige las aves (sin el pellejo), los pescados o las carnes rojas magras (en moderación).

Por último, ten en cuenta que además de llevar una alimentación saludable, también es importante mantenerte activo para disminuir tu nivel de colesterol malo y tus riesgos de sufrir enfermedades cardíacas. Desde luego que la única manera de saber tus niveles de colesterol, del HDL y del LDL en tu sangre es con un examen de sangre idealmente en ayunas (después de no comer por 8 horas). Si a pesar de hacer todo lo que debes en cuanto a lo que comes y a tu actividad física, tus niveles se mantienen por arriba de los rangos normales, afortunadamente contamos con medicamentos que tu médico te puede recetar. Hazte tus chequeos periódicos regularmente. Recuerda que prevenir es mejor que remediar. El primer síntoma del colesterol elevado puede ser un ataque al corazón. Tú lo puedes evitar.

¿ PROBLEMAS CON LA OBESIDAD ? . DUERMA 8 HORAS

José Mª Ordovás* | Madrid

Actualizado miércoles 02/03/2011

Siguiendo con la serie sobre los 'siete pecados capitales de la obesidad', abordamos el importante papel que cumple el sueño.

Todos hemos crecido con el mensaje tradicional, pasado de una generación a otra, de que hay que dormir un mínimo de ocho horas al día. Las bases biológicas de que ese número de horas sea el idóneo para nuestro desarrollo y nuestra salud no habían sido demostradas científicamente. De hecho, todavía desconocemos las bases moleculares de por qué necesitamos dormir. Lo que sí que sabemos es que es una necesidad vital y una que cumplimos muy a gusto.

Sin embargo, y a pesar de ello, cada vez dormimos menos. De hecho, en una sociedad altamente competitiva, casi nos jactamos de ello, ya que da a entender que estamos tan ocupados que tenemos que sacrificar horas de sueño para cumplir los objetivos diarios.

Además, a menudo, leemos y escuchamos que, dentro del marco europeo, nuestro país -con un estilo de vida tradicional que incluye el trasnochar por afición y madrugar por obligación- duerme menos que nuestros vecinos. (Aunque esto es algo que se debe justificar con medidas objetivas y no solamente basadas en la percepción subjetiva de lo que dormimos).

En principio, hubiéramos pensado que los efectos de dormir menos se limitarían a sentirnos más cansados y malhumorados, pero para nuestra sorpresa, las investigaciones han ido demostrando que dormir poco, además de afectar a procesos neurológicos, aumenta el riesgo de padecer las enfermedades más comunes de nuestra sociedad, es decir, las cardiovasculares y el cáncer.

Todavía más sorprendente es el hallazgo paradójico de que el riesgo de obesidad, una de las mayores preocupaciones de nuestra sociedad, aumenta al disminuir el número de horas y la calidad de nuestro descanso nocturno.

Estas observaciones epidemiológicas, que inicialmente fueron tomadas con la debida cautela, han ido solidificándose con multitud de estudios recientes. Estos trabajos han ido demostrando uno tras otro que, independientemente de la raza y la localización geográfica, dormir poco y/o mal aumenta entre un 40% y un 50% el riesgo de sobrepeso y obesidad.

La siesta no sirve

Además, el riesgo parece independiente de las causas que provocan la reducción de las horas de sueño (trabajo, estudio, ocio, etc.), con el agravante de que dormir durante el día no parece compensar la disminución del descanso nocturno; lo cual parece echar por tierra nuestro mito de la siesta.

Un patrón preocupante que emerge también de los estudios llevados a cabo es que los efectos de la carencia de sueño sobre el riesgo de obesidad son más marcados en los niños, jóvenes, y adultos de mediana edad y que disminuye en los ancianos. Algo a tener en cuenta considerando las tendencias de obesidad infantil observadas en nuestro país.

Desde el punto de vista científico, es crucial el encontrar los mecanismos moleculares que explican la paradoja observada en los estudios epidemiológicos.

Con este fin se han llevado a cabo estudios de intervención en los que se ha disminuido en el laboratorio el número de horas de sueño de voluntarios. Estos han demostrado que los niveles de hormonas asociados con el apetito y la saciedad (por ejemplo la grelina y la leptina) están relacionadas con el número de horas dormidas, así como los niveles de factores de inflamación (e.g. Proteina C reactiva e interleuquina 6) y la resistencia a la insulina. Lo cual apoya no solamente las observaciones epidemiológicas entre el sueño y la obesidad, sino también la relación con respecto a la diabetes y las enfermedades cardiovasculares.

Desde el punto de vista práctico, esto significa que a la hora de prevenir y tratar la obesidad no solamente debemos concentrarnos en lo más evidente, es decir, en la nutrición y la actividad física, sino que debemos empezar a incluir entre nuestros mensajes (tanto a nivel individual como a nivel social) la importancia del descanso nocturno.

De hecho, el éxito de las dietas para reducir peso queda mermado significativamente en aquéllos que no duermen el número de horas apropiado. Lo que nos lleva a la siguiente consideración: ¿Cuál es el número de horas que debemos dormir? Curiosamente, y como ha ocurrido tantas veces, el saber popular estaba en lo cierto, ya que el número de horas óptimo parece estar entre siete y ocho, con el riesgo de obesidad haciéndose especialmente manifiesto al bajar de seis horas.

Este conocimiento sugiere que en un futuro, cuando acudamos a un programa de pérdida de peso, la 'receta' será una dieta hipocalórica, un régimen de actividad física y una cura de sueño.

Sin embargo, es importante puntualizar que no hay que excederse ya que dormir demasiado (por encima de las 10 horas) supone el mismo riesgo de obesidad que el dormir menos de lo recomendado.

Por último, no olvidemos que nuestro objetivo principal es prevenir la enfermedad. Con esto en mente, nuestra lucha contra lo obesidad deberá incluir desde la niñez el concepto de dormir ocho horas diarias de manera regular, que es lo mismo que la tradición popular ha ido transmitiendo generación tras generación y cuya idoneidad hoy en día tiene finalmente una base científica demostrada.


José Mª Ordovás es director del laboratorio de Nutrición y Genómica del USDA-Human Nutrition Research Center on Aging de la Universidad de Tufts (EEUU), profesor de Nutrición y Genética e investigador colaborador sénior en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (Madrid).

 

La prevención de la obesidad empieza en el útero

José Mª Ordovás* | Madrid

Actualizado jueves 17/02/2011

Siguiendo con la serie sobre los 'siete pecados capitales de la obesidad', abordamos el papel que cumple la epigenética sobre nuestro riesgo de acumular kilos de más.

En el primero de los 'pecados capitales' de la obesidad, describíamos cómo podíamos adquirir el riesgo de obesidad a través de la herencia genética sobre la que no tenemos control alguno. En el segundo 'pecado' de la serie, abordaremos también otra situación que ocurre en periodos iniciales de nuestras vidas sobre los que poco podemos influir. Nos referimos a los periodos pre, peri y postnatales.

Sabemos que el ambiente (nutricional entre otros) en el que el embrión humano se desarrolla da lugar a cambios que perduran toda la vida tanto en nuestra morfología (apariencia) como en nuestro metabolismo, es decir en lo que técnicamente se conoce como nuestro fenotipo.

La relación entre la 'calidad' de nuestro ambiente intrauterino y el riesgo posterior de enfermedades cardiometabólicas fue popularizada por David Barker al final de la década de los 80 en el Reino Unido. En una serie de estudios epidemiológicos alrededor del mundo, este científico observó que aquellos niños nacidos tanto con bajo como con alto peso para su entorno expresaban décadas más tarde un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares debido a un aumento en sus factores de riesgo, entre los que se encuentran la obesidad.

Estas observaciones están en consonancia con la doctrina aristotélica de que "la virtud consiste en saber dar con el término medio entre dos extremos"; algo con lo que nos hemos encontrado, casi sin excepción, en el campo de la nutrición.

Por encima de la genética

La evidencia actual apunta a que la epigenética es el mecanismo molecular por el que el ambiente de la madre, en su sentido más amplio, puede aumentar el riesgo de obesidad del recién nacido décadas más tarde. Pero, ¿qué es la epigenética? El término viene, como tantos otros relacionados con la biomedicina, del griego y literalmente quiere decir 'por encima de la genética'. Se refiere a los procesos que inducen cambios en la expresión de nuestros genes sin alterar la secuencia de nuestro genoma. La epigenética es esencial para determinar cuándo y dónde se expresan nuestros genes y, por lo tanto, define nuestro fenotipo.

Una manera de simplificar este concepto sería pensar en el genoma de la manera que siempre se nos ha mostrado, es decir como una serie larguísima de letras juntas (ATCG) sin solución de continuidad y que, página tras página, contienen la clave de nuestro código genético.

La epigenética sería el escritor o el editor que, utilizando los elementos de la escritura (acentos, tildes, capitalización, espacios, comas, puntos, paréntesis, exclamaciones, etc.) da sentido y orden a estas letras para que puedan ser leídas e interpretadas correctamente en cada momento.

Todos sabemos que los significados de una frase pueden ser totalmente distintos en función de dónde coloquemos las letras y los signos de puntuación. Con la epigenética ocurre lo mismo: sin cambiar la secuencia del ADN se pueden añadir elementos (conocidos como metilación del ADN, modificación de histonas y microARNs) que pueden cambiar totalmente su expresión y, por lo tanto, su significado.

En resumen, la nutrición y el ambiente en general al que está expuesta la madre actúan como mensajeros para definir el epigenoma del feto con la intención de 'prepararlo' al ambiente que debe esperar tras su nacimiento. Por lo tanto, la prevención de la obesidad comienza con nuestra madre incluso antes de que veamos la luz del día. A este respecto, y desde el punto de vista preventivo, es importante resaltar que el tiempo es importante.

En este caso, la evidencia nos viene de los estudios que se están llevando a cabo en individuos que fueron expuestos durante su periodo fetal a la hambruna que tuvo lugar en Holanda en el invierno del 1944-45.

Aquellos individuos, cuyas madres fueron expuestas a la hambruna durante la concepción o durante el primer trimestre del embarazo, exhiben en el momento actual más obesidad y enfermedad cardiovascular que aquellos cuyas madres fueron expuestas a la hambruna durante el segundo o tercer trimestre.

De ahí la importancia de mantener buenos hábitos alimenticios en todo momento, y especialmente si se planea concebir y durante las primeras semanas del embarazo. Esto incluye también otros hábitos como el consumo de bebidas alcohólicas y el tabaquismo, sobre cuyos efectos en el epigenoma existe evidencia sólida.

Podría parecer que ponemos todo el peso del problema sobre la madre, pero, recientemente este concepto ha cambiado de forma sorprendente con la demostración de que la dieta del padre también influye sobre el riesgo de obesidad de su descendencia. Aunque los detalles están todavía por clarificar, los mecanismos epigenéticos también estarían implicados.

Algunos podrían pensar que, por lo que respecta a la obesidad y a otras enfermedades metabólicas, cuando nacemos está todo dicho y hecho y lo único que podemos hacer esperar a que se desarrollen los acontecimientos.

Sin embargo, al igual que ocurría con el componente genético de la obesidad, también podemos influir a lo largo de nuestra vida sobre el componente epigenético, ya que las modificaciones introducidas en nuestro epigenoma durante nuestra vida fetal son potencialmente reversibles con la adopción de hábitos saludables.

Esto viene a demostrarnos de nuevo que, en la controversia acerca de los orígenes genéticos o ambientales de la obesidad, la solución no está en los extremos, sino en su intersección. En nuestras manos está el prevenir no sólo nuestra propia obesidad, sino también la de nuestros descendientes.


Jose Mª Ordovás es director del laboratorio de Nutrición y Genómica del USDA-Human Nutrition Research Center on Aging de la Universidad de Tufts (EEUU), profesor de Nutrición y Genética e investigador colaborador sénior en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (Madrid).

EL " PECADO ORIGINAL " DE LA OBESIDAD Y EL SOBREPESO

José Mª Ordovás* | Madrid

Actualizado miércoles 09/02/2011

A través de una serie de artículos iremos repasando los siete 'pecados capitales' de la obesidad. El primero es sin duda, el 'pecado original'.

La obesidad se ha convertido en uno de los temas de salud más comentados en la prensa y más ávidamente investigados en el ámbito científico. Esto no es sorprendente teniendo en cuenta que está invadiéndonos con tal virulencia que ya se le considera una 'epidemia' -afecta a 205 millones hombres y 297 millones de mujeres-. Como tantas otras pandemias en la historia de la humanidad, no respeta fronteras ni desarrollo económico, por lo que ya ha recibido el apelativo de 'Globesidad'.

Las cifras más recientes aparecidas este mes en la revista 'The Lancet', muestran que entre 1980 y 2008, la media mundial del índice de masa corporal (IMC) ha aumentado por cada década en 0,4 kg/m2 en hombres y 0,5 kg/m2 en mujeres. El aumento más espectacular se da en Oceanía con países, como Nauru, que ya alcanzan como media nacional un IMC de 34,5, muy por encima del umbral de la obesidad (30,0 kg/m2). Durante la primera mitad del siglo pasado, esta área del mundo vivía una situación muy diferente, un dato muy relevante para entender el porqué del pecado original de la obesidad.

Ríos de tinta real o virtual han discutido extensamente las razones de la obesidad. De hecho, el mayor problema con que nos enfrentamos para su prevención y terapia es la complejidad de su etiología. A uno de los factores influyentes lo denominaremos como 'el pecado original' que, aunque no se remonte tanto en el tiempo como el bíblico, sí que nos precede a cada uno de nosotros como individuos y por lo tanto nada podemos hacer al respecto. Estamos hablando naturalmente del componente genético de la obesidad que depende de nuestros padres y abuelos y el resto de nuestro árbol familiar.

La investigación avanza

Que la obesidad es hereditaria (genética) ha sido evidente incluso antes de que supiéramos nada acerca de genes y de ADN. Solamente había que ejercer las dotes de observación y ver cómo esta se concentraba en familias.

Gracias a los avances en investigación genética, sabemos que uno de cada 20 casos de obesidad mórbida, tiene como causa una mutación específica de un gen y poco pueden estos sujetos hacer para contrarrestar ese determinismo genético. Sin embargo, para el 95% de los obesos mórbidos y para el grupo inmensamente más numerosos de individuos con sobrepeso y obesidad más 'normal', el papel de la genética es mucho más complicado.

En estos casos, a diferencia de lo que ocurre con la obesidad monogénica, el componente genético no es determinista, sino solamente permisivo. Esto supone que, en estos casos, la obesidad se manifiesta sólo en el caso de que se den otros factores desencadenantes del exceso de peso como son algunos de los otros 'pecados capitales' que iremos discutiendo en las próximas semanas y que son bien conocidos (por ejemplo, la ingesta calórica excesiva y el sedentarismo).

Estos nos viene a indicar que la mayor parte de nosotros no podemos simplemente encogernos de hombros, cruzarnos de brazos (tras tirar la toalla) y culpar a nuestros genes (o a nuestros ancestros) o a la sociedad.

Utilizando un paralelismo ya utilizado por otros en situaciones similares, las mutaciones genéticas relacionadas con la obesidad común son como una pistola cargada. Nada pasará con ella hasta que se apriete el gatillo. Es decir, si el individuo no añade a la ecuación los factores ambientales que conduzcan a la obesidad, nuestros genes no se expresaran, como bien queda demostrado por las tasas de obesidad mucho menores que existían en las generaciones anteriores a pesar de compartir los mismos genes (véase arriba el caso de Nauru). Es por lo tanto esa combinación, de mutaciones genéticas (presentes en nuestro genoma por decenas o cientos de generaciones) y de un medio ambiente obesogénico (aparecido en las últimas décadas) el que ha dado lugar a la epidemia de obesidad actual.

Uno se podría preguntar desde el punto de vista evolutivo por qué mantenemos en nuestros genomas tantas mutaciones asociadas con la obesidad. Lo normal sería que mutaciones con efectos negativos fueran disminuyendo en frecuencia de una generación a otra hasta desaparecer del linaje humano.

Hay dos respuestas a esta pregunta. La primera es que la mayor parte de las mutaciones no se han expresado hasta las últimas décadas y, por lo tanto, la selección no ha tenido tiempo de actuar. La segunda es que algunas de estas mutaciones fueron, paradójicamente, vitales para la supervivencia de la especia humano. Para entender esto hemos de distanciarnos del entorno actual en el que nos movemos y pensar que hace miles de años, e incluso más recientemente, los alimentos no eran ni tan abundantes, ni tan fáciles de conseguir (al menos en nuestro entorno). Por lo tanto, aquellos que tenían mutaciones que podemos calificar como 'ahorradoras', eran capaces de almacenar y retener mejor la energía (es decir la grasa en el tejido adiposo) y de esta manera afrontar los periodos de hambruna con mayores posibilidades de éxito.

Sin embargo, en el ambiente 'obesogénico' de hoy en día, estos sujetos se encuentran en desventaja dada su predisposición innata a la obesidad. Esto también explica en parte por qué algunos grupos étnicos (por ejemplo los indios americanos o los asiáticos, y sobre todo los habitantes de las islas del Pacífico) tienen un mayor de riesgo de obesidad hoy en día ya que tradicionalmente han sido culturas que han estado expuestas a hambrunas o a conseguir los alimentos con gran esfuerzo físico.

Así pues, como resumen de este nuestro primer 'pecado capital', podemos decir que la obesidad común en la población tiene un componente genético pero que son nuestros hábitos los que hacen que el potencial encerrado en nuestros genes se manifieste. La mala noticia es que no podemos enteramente 'culpar' a nuestros genes porque nosotros somos cómplices activos. La buena noticia es que la investigación más reciente ha demostrado repetidamente que podemos eliminar en su mayor parte la predisposición a la obesidad con un estilo de vida saludable y con esa 'penitencia' librarnos de las consecuencias de este nuestro 'pecado original'.


Jose Mª Ordovás es director del laboratorio de Nutrición y Genómica del USDA-Human Nutrition Research Center on Aging de la Universidad de Tufts (EEUU), profesor de Nutrición y Genética e investigador colaborador sénior en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (Madrid).
Miercoles 12 de Enero 2011
El grupo de investigación AGR 206, del Departamento de Fisiología e Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos José Matáix, de la Universidad de Granada (UGR) ha demostrado que la leche de cabra es un alimento con beneficiosas características nutricionales que ayudan a mejorar el estado de salud.
Los científicos de la UGR han comprobado que la leche de cabra contiene muchos nutrientes que la hacen comparable a la leche materna, como ocurre con la caseína. La leche de cabra contiene menos caseína del tipo alfa 1 como sucede en la leche de mujer, que son las responsables de la mayoría de las alergias a la leche de vaca. Por lo tanto, es hipoalergénica. "Por este motivo, en algunos países es utilizada como base para la elaboración de leches maternizadas en sustitución de la leche de vaca", destacan los investigadores de la UGR. 
Asimismo, la leche de cabra presenta más oligosacáridos de composición parecida a los de la leche materna. Estos compuestos llegan al intestino grueso sin digerir y actúan como prebióticos, es decir ayudan al desarrollo de una flora probiótica que compite con la flora bacteriana patógena, eliminándola.
Menos lactosa
Al mismo tiempo, la leche de cabra contiene una menor proporción de lactosa que la de vaca, aproximadamente un 1% menos, "pero al tener mayor digestibilidad puede ser tolerada por algunos individuos con intolerancia a este azúcar de la leche", afirman los científicos. 
La diferencia esencial entre la composición de la leche de vaca y cabra radica en la naturaleza de su grasa, debido principalmente a la composición que esta grasa muestra en cuanto al perfil de sus ácidos grasos. En concreto, contiene más ácidos grasos esenciales (linoleico y araquidonico) que la leche de vaca. Ambos son de la serie omega 6. Por otro lado, presenta un 30-35% de ácidos grasos de cadena media (C6-C14) MCT frente a la de vaca, que sólo tiene un 15-20%. Estos ácidos grasos son una fuente rápida de energía y no son almacenados como tejido adiposo. Además, la grasa de la leche de cabra disminuye los niveles de colesterol total y mantiene unos niveles adecuados de triglicéridos y transaminasas (GOT y GPT). Esto hace que sea un alimento de elección para la prevención de enfermedades cardiovasculares.
Los científicos de la UGR apuntan que, respecto a su composición mineral, la leche de cabra es rica en calcio y fósforo, "siendo altamente biodisponibles y favoreciendo su depósito en la matriz orgánica del hueso, lo que da lugar a una mejora en los parámetros de formación ósea". Asimismo, presenta mayor cantidad de zinc y selenio, micronutrientes esenciales para la defensa antioxidante y prevención de enfermedades neurodegenerativas.
Por estas razones, los científicos consideran que "la leche de cabra puede considerarse un alimento natural funcional, y debe potenciarse su consumo habitual (o el de sus derivados) entre la población en general y, especialmente, entre todas aquellas personas que presenten alergia, intolerancia a la leche de vaca, problemas de malabsorción, colesterol elevado, anemia, osteoporosis o tratamientos prolongados con suplementos de hierro".

 

Independientemente del estilo de dieta que se elija, es importante tomárselo con calma. He aquí veinte consejos fundamentales para que toda dieta consiga su objetivo.

Además hay que acompañar esto con el ejercicio físico para quemar calorías. En caso contrario los kilos perdidos se recuperan pronto.

Las dietas, por lo general, sólo eliminan más líquido del organismo que grasas. Por ello es conveniente cambiar de hábitos alimenticios para asegurarse una vida más sana. Existen multitud de regímenes adelgazantes pero todos ellos necesitan una base para llegar a buen puerto. He aquí veinte consejos fundamentales para que toda dieta consiga su objetivo.

Consejos

1. La dieta debe ser variada. No hay que olvidar ningún grupo de alimentos. La alimentación ha de ser equilibrada. La regla consiste en no abusar de la cantidad de alimentos hipercalóricos e insanos.

2. El régimen ha de ser suave. Las dietas rápidas que prometen la pérdida de muchos kilos a la semana, a la larga producen problemas de salud y se recuperan los kilos perdidos. Lo más saludable es perder entre medio y un kilo semanal.

3. Repartir las comidas en cinco tomas diarias. No hay que saltarse una comida importante. Dos deben ser comidas consistentes y las otras tres más ligeras.

4. El desayuno ha de ser fuerte. El mejor desayuno aporta entre un 20 y un 25% del aporte calórico diario.

5. Hay que cenar pronto. Al menos dos horas antes de acostarse. Por la noche el metabolismo se ralentiza y los alimentos se acumulan como grasas más fácilmente.

6. El agua es fundamental. Hay que beber mucho, unos dos litros diarios. El agua mantiene la línea porque no tiene calorías.

7. Cocinar lo justo. Esto es muy importante. Se deben pesar las raciones. Las sobras son una tentación peligrosa.

8. La sal debe desaparecer. Basta con un poco. Comiendo los mismos alimentos sin sal se pierde peso y se gana en salud. Sin cambiar de alimentación se pierde volumen.

9. Usar aceite de oliva en las comidas. Una cucharada al día no aporta muchas calorías y ayuda a mantenerse sano por sus ácidos grasos monoinsaturados.

10. Las cantidades de comida ingeridas han de ser menores. Para perder peso se debe reducir el número de calorías diarias.

11. Las grasas son enemigos de la dieta. Aportan demasiadas calorías. Por ello se recomienda cocinar al vapor, a la plancha y utilizar el microondas. La cocina natural además es más sana y mantiene mejor las vitaminas y minerales de los alimentos.

12. La comida es un placer. Hay que disfrutar comiendo. La dieta no debe ser una tortura. Por ello es positivo variar los menús. Una dieta que hace sufrir no es una buena dieta.

13. No obsesionarse con la báscula. Hay que pesarse una vez semanalmente sin ropa y en ayunas. Perder peso es un logro progresivo.

14. No picar entre horas. Hacerlo entre las comidas lo único que consigue es almacenar grasas y tira por tierra todos los esfuerzos por cumplir la dieta. Si no se puede evitarlo, lo mejor es comer trocitos de fruta, yogures descremados..., que calman el hambre sin consumir calorías.

15. Limitar el consumo de alcohol. Los licores tienen bastantes calorías. Hay que evitar su ingestión, sobre todo después de comer.

16. Masticar los alimentos tranquilamente. Comer despacio hace que se saboree mejor la comida y además consigue que se coma menos. El cuerpo reacciona con señales de saciedad a los veinte minutos de comenzar a comer. Así, se ingiere sólo lo necesario.

17. El deporte es fundamental. El ejercicio físico siempre elimina grasas y quema calorías. Además tonifica el organismo. Es una garantía de salud.

18. Hay que analizar las sensaciones. A veces se come por encontrarse deprimido, agobiado... La comida se suele convertir en un sustituto emocional y se come sin hambre.

19. Adelgazar, ¿por qué? Por decisión propia. La decisión de perder peso es una elección personal e intransferible.

20. El consejo de un especialista en nutrición ayuda a marcarse objetivos realistas. Además seguirá la evolución de la dieta.

Lo que se debe saber

Las personas que quieren adelgazar tienen claro que hay algunos alimentos prohibidos: el pan, la pasta, los cereales y las legumbres. Sin embargo, la literatura científica actual desmiente esta creencia. Según los estudios, los carbohidratos sacian más e incrementan el gasto calórico. Es hora de comer pan.

Un grupo de expertos del departamento de Nutrición de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid realizaron en el año 98 sendos estudios sobre el consumo de hidratos de carbono y la obesidad.

Poca grasa

Sus conclusiones demuestran que la dieta más eficaz para perder peso es la pobre en grasa y rica en hidratos de carbono. Mejor incluso que las que aconsejan disminuir la ingestión de calorías o grasa, únicamente.

Al parecer, éstos trabajos demostraron que las personas obesas tienden a consumir más grasa y menos hidratos de carbono. Parte de este comportamiento se basa en que las personas con sobrepeso muestran una apetencia natural por la grasa que, en ocasiones, puede deberse a costumbres familiares, aunque también existe un condicionante genético. Para comprobar que la dieta es efectiva y que realmente lo que se está perdiendo no son sólo líquidos sino grasa, se puede utiliza un medidor de grasa corporal.

Las virtudes de los carbohidratos

Las dietas ricas en carbohidratos (frutas, verduras, pasta, arroz, cereales, legumbres, hortalizas) tienen más agua y más fibra. Además poseen menos densidad energética que las ricas en grasa. Por eso, hay que consumir una gran cantidad de alimentos para conseguir un cierto nivel de energía. Estas además tienen más potencial para provocar sensación de saciedad.

Por otra parte, está demostrado que incrementan el gasto calórico. Además, a favor de los carbohidratos está el hecho de que son relativamente ineficaces como sustrato para transformarse en grasa en el organismo. Para conseguir este fin se necesita utilizar el 23% de las calorías ingeridas, mientras que las grasas solo necesitan utilizar el 3% de la energía ingerida para ser almacenadas.

La mejor aliada, la paciencia

Independientemente del estilo de dieta que se elija, es importante tomárselo con calma. Especialmente en el caso de las personas que sufren de sobrepeso, lo ideal es perder una proporción de 20 kilos en un año.

La dieta de la Pirámide Invertida es otro remedio universal. Hay que comer mucho más en el desayuno, con la salvedad de que éste debe tomarse, a más tardar, media hora después de levantarse. Después le seguirá una comida con tres platos: ensalada, verdura y carne o pescado a la plancha.

También es necesario saber tratar los desmoralizantes bloqueos que tienen lugar en todas las dietas. El ejercicio es un importante aliado en estos casos. Caminar una hora diaria o hacer una hora de natación, aerobic o footing cada dos días puede ser muy efectivo. Realizar dietas puente, mucho menos estrictas, cada cierto número de semanas aportará un grado de felicidad.

Efecto Rebote

Lo fundamental, sin embargo, es recordar que si se come muy poco el metabolismo basal baja a unos mínimos. Esto provoca que, a poco que esa persona se vuelva a pasar en la dieta, recuperará rápidamente su peso anterior.

Para conseguir la imagen deseada hay que marcarse metas fáciles de alcanzar. Es necesario aclarar también los motivos por los que una persona quiere adelgazar y cuántos kilos le sobran. El especialista en nutrición debe tomar partido sobre la forma de llevarla a cabo para determinar si hay alguna causa por la que una persona determinada aumenta de peso y si existen patología o contraindicación alguna.

La foto finnish

El problema es que muchas personas no eligen la ocasión idónea para empezar un tratamiento. Cuando llega el calor y es hora de desnudar los cuerpos, se lanzan precipitadamente a dejar de comer y empiezan las catástrofes. Lo ideal es buscar una época de estabilidad fuera de los excesos de trabajo y lejos de la llegada de las vacaciones.

Una medida lógica y muy efectiva es retirar todas las tentaciones de la nevera. ¡Fuera los alimentos que más engordan! Rodearse de estímulos positivos como ropa atractiva o un gráfico con el peso perdido puede ser un buen aliciente. El secreto para conseguir llegar sano a la foto finnish es un cóctel de paciencia y disciplina.

 

Comerse un filete o bife de carne a las doce del mediodía y hacerlo a las nueve de la noche no genera el mismo efecto en el organismo...

Su metabolización y el aprovechamiento de sus nutrientes varían en función del momento en que se consuma. Una persona sana digerirá mejor la carnes durante la noche, aunque depende de cómo funcione su estómago y su regulación hormonal. Lo mismo sucede con algunos fármacos, como la aspirina que, si se toma por la mañana, puede repercutir en mayor medida en la mucosa gástrica (ulceraciones y hemorragias) respecto a la misma dosis por la noche. Los efectos fisiológicos tanto de los alimentos como de los fármacos pueden ser distintos en función de la hora en que se ingieran, diferencias que adquieren una mayor trascendencia en aquellas personas enfermas para las que la dieta es parte esencial de su tratamiento. La ciencia que estudia esta interrelación se denomina cronobiología.

Conociendo el funcionamiento del cuerpo

El funcionamiento del organismo en toda su magnitud -procesos bioquímicos, psicológicos o biofísicos- está determinado por unos ritmos biológicos: circadianos o de 24 horas, o ultradianos o de 100-180 minutos. Estudios incipientes sobre cronobiología y nutrición revelan la relación entre la nutrición y los distintos ritmos biológicos del organismo que determinan actividades fisiológicas tan diversas como la tasa metabólica, la actividad hormonal de la insulina y el glucagón que regulan el metabolismo de los hidratos de carbono, de la hormona de crecimiento o GH y su papel en la utilización de los aminoácidos, o del cortisol y su acción en el metabolismo de los macronutrientes, entre otros. También describen que la tolerancia a la glucosa se modifica según el momento del día, así como el movimiento intestinal e, incluso, la concentración de determinados compuestos como los neurotransmisores serotonina y melatonina, que regulan el ánimo y el sueño.

Los científicos trabajan desde hace décadas en determinar con más exactitud el efecto fisiológico de la comida según el momento en que se ingiere, la cantidad que se consume y su composición nutritiva. El objetivo es mejorar la eficacia de las dietas en las enfermedades de mayor impacto en los países desarrollados, como son las dislipemias (alteración en los niveles normales de lípidos plasmáticos, sobre todo colesterol y triglicéridos), hipertensión, diabetes, sobrepeso, obesidad o cáncer. La cronobiología también puede conducir a una mejor respuesta orgánica en personas sanas traduciéndose en una mejor concentración, memoria y un sueño más reparador en los trabajadores a turnos, entre otros aspectos. La clave se halla en adaptar y adecuar el ritmo de las comidas y su composición, así como el ritmo de vida, a los biorritmos individuales. Se puede decir que hay un momento óptimo para desempeñar las diversas funciones: comer, hacer la digestión, dormir, crecer, ejecutar tareas de concentración y memorización, etc.

Cuándo comer y qué comer

Si bien en la mayoría de los países desarrollados se realizan, en mayor o menor medida, un mínimo de tres comidas diarias, las últimas investigaciones esclarecen cuestiones relativas a cuándo comer y qué comer.

1. De día: nutrientes energéticos

Diversos estudios sobre la tolerancia a la glucosa y la actividad de la insulina en el organismo humano en sujetos sanos muestran una mayor sensibilidad de las células a la insulina y una mayor actividad de dicha hormona durante el día. Esto se ha comprobado en numerosos ensayos que han medido la tolerancia oral a la glucosa (TOG), muchos de ellos en mujeres embarazadas, a quienes se analiza de manera sistemática para descartar la diabetes gestacional. En condiciones normales de salud, la tolerancia de las células a la glucosa disminuye por la tarde o al anochecer respecto a la mañana. Este dato es determinante para diagnosticar con precisión la diabetes; elaborar la prueba por la tarde podría dar "falsos positivos". Ante estos resultados, se considera que en condiciones normales el organismo metabolizará mejor durante el día los nutrientes energéticos, como los carbohidratos que precisan de la insulina.

Las recomendaciones dietéticas de desayunar con pan o cereales están justificadas porque responden a la acción fisiológica descrita de óptimo aprovechamiento de los carbohidratos para la obtención de energía. De la misma manera, en el almuerzo se deberían incluir alimentos energéticos, sobre todo en forma de carbohidratos complejos como arroz, pasta, legumbres, pan y patatas, así como las versiones integrales de estos alimentos.

2. noche: nutrientes plásticos

Los estudios realizados en humanos sugieren que los aminoácidos (unidades básicas de las proteínas, nutrientes abundantes en carnes, pescados y huevos) se asimilan en mayor medida por la noche. Mientras dormimos se produce una mayor secreción de la hormona de crecimiento (somatotropina o GH) y de neurotransmisores como la melatonina.

La GH genera la liberación de ácidos grasos del tejido adiposo, lo que favorece la conversión de estos compuestos en acetilconenzima-A, compuesto empleado por las células como fuente energética, con lo que se preserva el uso de las reservas de glucógeno (carbohidrato) y proteínas del músculo. Además, esta hormona ayuda a la recuperación y el crecimiento (anabolismo) de las células musculares para inducir el uso de los aminoácidos con este fin. De ahí que el objetivo actual de muchas investigaciones sea conocer con certeza hasta qué punto la selección de alimentos de la cena puede optimizar la función de la hormona de crecimiento en la estimulación del uso de las grasas y en su papel anabólico, aspectos relevantes para incrementar la masa muscular y la pérdida de grasa corporal. Estos hallazgos son muy importantes para mantener un mejor control del peso y de los lípidos sanguíneos y, en nutrición deportiva, para optimizar el desarrollo muscular, sobre todo en aquellos deportes donde el porcentaje de masa grasa corporal y de peso determina la categoría profesional.

La hipoglucemia favorece la secreción de hormona de crecimiento. Es por ello que relegar los alimentos proteicos para la noche y prescindir (o no abusar) de los ricos en carbohidratos (que aumentan la glucemia) puede redundar en un beneficio fisiológico.

Al mismo tiempo, los alimentos proteicos, en su justa medida, favorecen la síntesis de melatonina, un neurotransmisor reconocido por su papel en la inducción de un sueño más profundo y reparador. La melatonina se sintetiza a partir de la serotonina, y ésta a partir de triptófano, un aminoácido abundante de manera natural en alimentos proteicos como leche, carne de pollo y los pescados. Son numerosas las investigaciones relativas al papel de los suplementos de melatonina para regular y normalizar el sueño en personas con trabajos rotativos, en ancianos que tienden al insomnio e, incluso, en quienes sufren de jet lag.

La hora de comer y el peso corporal

"Desayuna como un rey, almuerza como un príncipe y cena como un mendigo". Este refrán popular tiene su sentido si se aplica la cronobiología y la nutrición en relación al control del peso corporal. La diferencia entre la ganancia y la pérdida de peso en las personas está determinada por el momento del día en que se consume una comida, más allá de su valor energético.

Ya en la década de los 70, el científico Franz Halberg, conocido como fundador de la cronobiología moderna, comprobó en sus diversos estudios en la Universidad de Minnesota (EE.UU.) que la distribución de la ingesta de los macronutrientes a lo largo del día influía en el peso corporal. Según los resultados de sus investigaciones, quienes tomaron una única comida de 2.000 calorías (en una proporción del 50% de hidratos de carbono, 15% de proteína, 35% de grasas) por la mañana perdieron en una semana entre uno y dos kilos de peso, mientras que quienes consumieron la misma comida con las mismas calorías por la tarde se mantuvieron en el mismo peso, e incluso ganaron kilos. Resultados más precisos se han hallado en posteriores investigaciones llevadas a cabo en distintos grupos de población con exceso de peso como la que desarrollaron investigadores del 'Western Human Nutritition Research Center' de San Francisco (Estados Unidos) en mujeres obesas, donde se observó una mayor pérdida de peso -aunque no tanto de grasa- en mujeres que concentraron la comida por la mañana respecto a las que comieron las mismas calorías a media tarde que, aunque no perdieron tanto peso, sí perdieron más masa. Estos resultados coinciden también con la investigación elaborada en sujetos obesos desde el Departamento de Medicina Interna de la Universidad de Chieti, en Italia.

Respetar los ritmos biológicos

Las personas ya no nos alimentamos tanto porque sentimos hambre. El tiempo dedicado a la comida está determinado o muy condicionado por los hábitos sociales, el ritmo laboral, los turnos de trabajo, la conveniencia y la convivencia, además de otros condicionantes culturales, religiosos o de ocio.

No respetar aquello que nos pide el cuerpo como comer, dormir o descansar pasa factura y sus consecuencias orgánicas se hacen notar: insomnio, falta de atención y concentración, cansancio, depresión, además de acentuar enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión y obesidad, entre otras. Por este motivo, el hecho de que la hora de la comida tenga importantes efectos sobre el organismo apoya la propuesta de que la alimentación y la nutrición óptimas requieren la consideración no sólo de qué alimentos se consumen, sino también de cuándo se ingieren.

 

 
Hay diferentes ciclos que regulan ciertos órganos y sus funciones. Por ejemplo, la hora del estómago es la hora del desayuno o primera comida que sirve para dar impulso en la realización de las ocupaciones o tareas diarias.

Las de los pulmones entre 3 y 5 a.m. Las del intestino grueso entre 5 y 7 a.m. Las del estómago entre 7 y 9 a.m. Las del bazo páncreas entre 9 y 11 a.m. Las del corazón entre 11 a.m. y 1 p.m. Las del intestino delgado entre 1 y 3 p.m. Las de la vejiga entre 3 y 5 p.m. Las del riñón entre 5 y 7 p.m. Las de la circulación sexualidad entre 7 y 9 p.m. Las de la vesícula biliar entre 11 p.m. y 1 a.m. y las del hígado entre 1 y 3 a.m.

Estos ciclos se basan en funciones corporales ya que hay una energía específica que recorre el cuerpo y se distribuye en forma horaria. Dicha energía comienza recorriendo el meridiano del pulmón, pues la vida se manifiesta con el primer grito del recién nacido; luego sigue el meridiano del intestino grueso, y así una a una se van presentando las funciones de los órganos y sus relaciones psicológicas.

Muchas de las funciones vitales del organismo son dirigidas por sistemas muy complejos, donde células y otras sustancias "obedecen" y "siguen el ritmo" de un mecanismo preciso y constante. Esto es lo que se conoce como el reloj biológico humano, el cual, si llega a fallar, puede ocasionar trastornos de comportamiento: sueño, depresión, pérdida de la memoria y cansancio, entre otros.

El reloj biológico es un sistema capaz de generar un orden temporal en las actividades del organismo, oscila con un período regular y utiliza las oscilaciones como referencia temporal interna. La mayoría de los relojes biológicos funcionan con un ciclo de 24 horas, conocido como ritmo cicardiano que ayuda al organismo a distinguir entre el día y la noche. Observar y comprender estas oscilaciones del ritmo y sus efectos en los procesos biológicos, mentales y emocionales lleva al ser humano a conocerse a sí mismo mucho mejor y a vivir en equilibrio con su entorno natural.

A continuación brindamos una guía sobre el reloj biológico del cuerpo y las funciones que se llevan a cabo en los diferentes horarios:

De las 09.00 pm - 11.00 pm.
Es el horario en el que cuerpo realiza actividades de eliminación de químicos innecesarios y tóxicos (desintoxicación) mediante el sistema linfático de nuestro cuerpo.
Este horario de la noche debe utilizarse para encontrar un estado de relajación, escuchando música, por ejemplo.

Generalmente a esta hora las mamás realizan actividades tales como limpiar la cocina y monitorear que todo esté listo para la actividad del día siguiente, etc.
Actividades como estas inhiben la relajación lo que genera un efecto negativo para la salud.

De las 11.00 pm. a 01.00 am.
El cuerpo realiza el proceso de desintoxicación del hígado, e idealmente debe ser procesado en un estado de sueño profundo.

Durante las primeras horas de la mañana 1 a 3 am: desintoxicación de la vesícula biliar, idealmente debe suceder también en un estado de sueño profundo.

Temprano en la mañana 03.00 am. a 05.00 am.
Desintoxicación de los pulmones.
Es por esto que en ocasiones en este horario se producen accesos severos de tos.

Cuando el proceso de desintoxicación ha alcanzado el tracto respiratorio es mejor no tomar medicamentos para la tos ya que interfieren en el proceso de eliminación de toxinas.

Mañana de 05.00 am. a 07.00 am.
Desintoxicación del colon, es el horario de ir al baño a vaciar el intestino.

Durante la mañana de 07.00 am. a 09.00 am.
Absorción de nutrientes en el intestino delgado, es el horario perfecto para tomar el desayuno.
Si estás enfermo el desayuno debes tomarlo más temprano: antes de las 6:30am.

El desayuno antes de las 7:30am es benéfico para aquellos que quieren mantenerse en forma.
Quienes siempre se saltan el desayuno, deben procurar cambiar el hábito, siendo lo menos dañino realizarlo entre las 09:00 am. y 10:00 am. en lugar de no hacerlo por completo.

Dormirse tarde y despertar tarde interrumpirá el proceso de desintoxicación de químicos innecesarios de tu organismo.

Además de eso debes tener en cuenta que de las 12:00 a las 4:00 am es el horario en el que la médula ósea de tus huesos produce la sangre, así es que procura dormir bien y no te acuestes tarde.

Recuerda que la mayor parte de enfermedades que sufrimos los hispanos se pueden prevenir comiendo saludablemente, haciendo ejercicio y desarrollando una vida espiritual plena.

About this Archive

This page is an archive of recent entries in the NUTRICIÓN category.

NEUROLOGÍA is the previous category.

ODONTOLOGÍA is the next category.

Find recent content on the main index or look in the archives to find all content.